Se habrán dado cuenta de que estoy resumiendo bastante. Lo cierto es que no me extiendo mucho porque temo no llegar a contarlo todo.
Estoy mal. Ya estaba mal desde hace meses, pero estos últimos días he ido a peor. Me siento muy cansada, no puedo caminar sin tambalearme o chocar contra algo, y cuando choco dejo en paredes y muebles huellas sanguinolentas del tumor que hay en mi cabeza. Soy un saco de huesos, ni rastro de aquellos músculos que me ayudaban a brincar como loca. No veo, no oigo. Los cambios bruscos de luz y sombra me sobresaltaban, pero en los últimos días ya casi no reacciono ni a eso. Hasta hace unos días debían ponerme frente al plato de comida para que pudiera alimentarme, porque incluso el olfato me falla y no lograba dar con él. Pero ahora... Ahora me acercan un trocito de la delicia más exquisita al morro y no despierta mi apetito, ni mi gula, porque no tengo. Me hago mis necesidades por la casa. Hasta hace dos días me pasaba largos ratos de pie, mirando a nada en particular, con la cabeza gacha; ahora ni eso, no tengo equilibrio. Me paso el día echada. No tengo fuerzas. Tiemblo. De vida social hace tiempo que nada de nada: no me interesa en lo más mínimo olisquear traseros. Hace ya meses mi médico habló con el Gordo y la Histérica: no escuché claramente, pero me pareció oír algo sobre «demencia». Bien pudo decir que tengo mucha influencia o que soy de lo mejor de la existencia, a saber. También dijo algo sobre tomar una decisión –aunque lo mismo tienen que tomar un avión–. Espero que no se estén pensando traer otro perro, porque no estoy yo para aumentar la manada ahora mismo. Los he oído hablar de «ayudarme», que no deberían ser egoístas, y enseguida niegan con la cabeza y a veces lloriquean. ¿Con qué querrán ayudarme? Ojalá fuera una ayuda para alcanzar algo de paz.
Hace tiempo que no me llevan al monte porque me desoriento y tienen que llevarme en brazos. Hace un par de meses, en la isla verde del jardín, fui una mañana a la playa: me pusieron sobre el mar y lo sentí. ¡Lo sentí! Podía olerlo. Comencé a mover las patas como antaño, para nadar, pero no tenía fuerzas. Definitivamente no tengo energías para nadar.
Estoy preocupada por el Gordo y la Histérica. ¿Sabrán vivir sin mí? Después de todo, he sido testigo de esa relación casi desde sus inicios.
Confío en que saldrán adelante. Les quedan unos cuantos años buenos. En cuanto a mí esto ha sido todo. He tenido una vida plena. He sido hija única –con el agasajo que eso conlleva–; he sido testigo de desaveniencias conyugales y de retozos que han acabado en vida; he visto crecer a mi familia/manada; he viajado, navegado, volado; he pisado nieve y volcanes, me he revolcado en arena y hojas de todos los colores; he dormido entre almohadas y en brazos y en tiendas de campaña; he vivido en siete casas diferentes; me he despedido de grandes amigos y he presenciado el crecimiento de mis «hermanos» pequeños, he sido querida... He sido feliz. Supongo que por eso me cuesta tanto irme, y supongo también que por eso al Gordo y la Histérica les cuesta tanto dejarme ir. Para ellos es el fin de una etapa. Huelen a afecto y pesadumbre, a dolor y amor. Sus caricias tienen una intensidad diferente, puedo sentir la congoja en sus manos.
Gordo, Histérica: hasta aquí he llegado. Por favor, ayúdenme. Recuérdenme en mis buenos tiempos: persiguiendo piedras, mordisqueando pelos y palos, subiendo riscos, saltando en los charcos, restregándome en lombrices –gloriosos gusanos, a que se habían olvidado, ¡pues yo no!–... Sé que me llorarán, y sé también que llegará el día en que se sientan preparados para hacer a otra chucha tan feliz como a mí. Tiempo al tiempo.
Gracias por haberme escogido y compartir su vida conmigo. Espero haber sido la compañera peluda que esperaban.
Les llevo conmigo.