5 de noviembre de 2024

Es un hasta siempre

Se habrán dado cuenta de que estoy resumiendo bastante. Lo cierto es que no me extiendo mucho porque temo no llegar a contarlo todo.

Estoy mal. Ya estaba mal desde hace meses, pero estos últimos días he ido a peor. Me siento muy cansada, no puedo caminar sin tambalearme o chocar contra algo, y cuando choco dejo en paredes y muebles huellas sanguinolentas del tumor que hay en mi cabeza. Soy un saco de huesos, ni rastro de aquellos músculos que me ayudaban a brincar como loca. No veo, no oigo. Los cambios bruscos de luz y sombra me sobresaltaban, pero en los últimos días ya casi no reacciono ni a eso. Hasta hace unos días debían ponerme frente al plato de comida para que pudiera alimentarme, porque incluso el olfato me falla y no lograba dar con él. Pero ahora... Ahora me acercan un trocito de la delicia más exquisita al morro y no despierta mi apetito, ni mi gula, porque no tengo. Me hago mis necesidades por la casa. Hasta hace dos días me pasaba largos ratos de pie, mirando a nada en particular, con la cabeza gacha; ahora ni eso, no tengo equilibrio. Me paso el día echada. No tengo fuerzas. Tiemblo. De vida social hace tiempo que nada de nada: no me interesa en lo más mínimo olisquear traseros. Hace ya meses mi médico habló con el Gordo y la Histérica: no escuché claramente, pero me pareció oír algo sobre «demencia». Bien pudo decir que tengo mucha influencia o que soy de lo mejor de la existencia, a saber. También dijo algo sobre tomar una decisión –aunque lo mismo tienen que tomar un avión–. Espero que no se estén pensando traer otro perro, porque no estoy yo para aumentar la manada ahora mismo. Los he oído hablar de «ayudarme», que no deberían ser egoístas, y enseguida niegan con la cabeza  y a veces lloriquean. ¿Con qué querrán ayudarme? Ojalá fuera una ayuda para alcanzar algo de paz.

Hace tiempo que no me llevan al monte porque me desoriento y tienen que llevarme en brazos. Hace un par de meses, en la isla verde del jardín, fui una mañana a la playa: me pusieron sobre el mar y lo sentí. ¡Lo sentí! Podía olerlo. Comencé a mover las patas como antaño, para nadar, pero no tenía fuerzas. Definitivamente no tengo energías para nadar. 



Estoy preocupada por el Gordo y la Histérica. ¿Sabrán vivir sin mí? Después de todo, he sido testigo de esa relación casi desde sus inicios.

Confío en que saldrán adelante. Les quedan unos cuantos años buenos. En cuanto a mí esto ha sido todo. He tenido una vida plena. He sido hija única –con el agasajo que eso conlleva–; he sido testigo de desaveniencias conyugales y de retozos que han acabado en vida; he visto crecer a mi familia/manada; he viajado, navegado, volado; he pisado nieve y volcanes, me he revolcado en arena y hojas de todos los colores; he dormido entre almohadas y en brazos y en tiendas de campaña; he vivido en siete casas diferentes; me he despedido de grandes amigos y he presenciado el crecimiento de mis «hermanos» pequeños, he sido querida... He sido feliz. Supongo que por eso me cuesta tanto irme, y supongo también que por eso al Gordo y la Histérica les cuesta tanto dejarme ir. Para ellos es el fin de una etapa. Huelen a afecto y pesadumbre, a dolor y amor. Sus caricias tienen una intensidad diferente, puedo sentir la congoja en sus manos.

Gordo, Histérica: hasta aquí he llegado. Por favor, ayúdenme. Recuérdenme en mis buenos tiempos: persiguiendo piedras, mordisqueando pelos y palos, subiendo riscos, saltando en los charcos, restregándome en lombrices –gloriosos gusanos, a que se habían olvidado, ¡pues yo no!–... Sé que me llorarán, y sé también que llegará el día en que se sientan preparados para hacer a otra chucha tan feliz como a mí. Tiempo al tiempo.

Gracias por haberme escogido y compartir su vida conmigo. Espero haber sido la compañera peluda que esperaban.

Les llevo conmigo.




18 de septiembre de 2024

Adiós, camarada

Dino se fue sin avisar, casi como llegó.

Unos días antes había vomitado un poco, pero como él siempre fue algo escatológico no le dieron importancia. Ya venía tocado por el moquillo y a saber qué más cosas.

Una mañana el Gordo se levantó y lo encontró echado en el salón, en una parte donde no solía tumbarse. En dirección al balcón. Quién sabe si buscaba fresco o quería morir lejos para evitarnos el daño.

Nos pusimos muy tristes. Sí, incluso yo, que en público lo repudiaba para mantener mi imagen de dueña y señora de la casa... En el fondo nos hacíamos compañía y le tenía cariño, vaya si lo apreciaba... Los días siguientes a su marcha estuve afligida. Percibía en el ambiente que faltaba una parte esencial de mi manada. Los cachorros le dieron las últimas caricias y le hicieron un homenaje muy bonito.

En cuanto a los otros dos... Fue un espectáculo: el Gordo y la Histérica deambulaban como almas en pena, incluso se echaron a llorar mientras barrían sus últimos pelos de la casa. Bueno, ellos pensaban que eran los últimos, porque estoy segura de que a día de hoy queda ADN de esa bestia por algún rincón. No son muy duchos en limpieza estos.

Dino, qué decirte... Pronto te veré en el incierto cielo de los perros. ¿Existe tal cosa? Me imagino que el tuyo tendrá nubes de caca.




17 de septiembre de 2024

Caos en manada

Fue caótico, qué les voy a contar. Creo que la Histérica se sentía culpable por no pasearnos tanto como antes y delegar esa tarea en el Gordo. Alguna vez nos sacaba dejando a la cachorra con él, pero el paseo era con prisas y bueh... Fue un proceso. Del trastorno pasamos a la diversión, y es que la criatura esa, en cuanto aprendió a moverse, no paraba. Era una auténtica jiribilla. Con el tiempo volvimos a recuperar atención. ¡Ah! Y de la diversión pasamos al festín. Sí, sí: un día sentaron a Jiribilla en una silla alta y ahí, en una bandeja, le colocaban toda clase de delicias. Se ve que aún no atinaba mucho y la mayoría de esos manjares acababan en el suelo. ¿Y quién se encargaba de limpiar? ¿Eh? ¡¡SÍÍÍ!! Los cuadrúpedos, a su servicio.

Y así continuó la vida: hogar, limpiar desastres culinarios, senderos, playas y amor, cada vez más, porque había más corazones en casa. Y no tardó en llegar otro...



Esto sí que fue un jaleo. La Histérica se quedaba a menudo sola con las dos criaturas y se volvía más histérica, si cabe. Le daba por llorar, luego por achucharlos, a ratos nos daba chucherías sin venir a cuento... Era un caos pasional. Este último cachorro, el Jaleo, era más movido todavía que la otra. Pero como eran dos había más comida por los suelos, ¡yuju!

Pasábamos largas jornadas en el parque. En parques y plazas. Durante un tiempo hubo menos monte y mar. Y aunque lo echaba de menos me sentía importante, formaba parte de una manada que crecía y crecía.



Pero seguíamos viajando en manada, no se crean. Todos los años, cuando llegaba el calor, pasábamos una temporada en la isla esa de la casa con jardín y gatos, y otros tantos días en la otra isla de arena y sal. En esta última el colega Dino se volvía loco. Vale, yo también, para qué negarlo. En ocasiones nos llevaban temprano a una playa desierta y corríamos, corríamos junto al mar, y jugábamos con la manada.





Buenos años, ya te digo. 

Los años en manada.

Dino era todo un personaje. Las últimas veces que hemos ido a esa playa sin él no han sido lo mismo.


10 de septiembre de 2024

Rutina con novedad

Terminó el escamoso asunto que nos había llevado a El Hierro y volvimos al origen. De regreso al cubículo sin terraza, al gris sin puestas de sol.

Poco hay que decir de esos días. Volvimos a lo de siempre, la buena vida. Sí, porque no era aquella existencia idílica en una isla esplendorosa, pero no me podía quejar: montañas, bosques, playas y charcos. Es lo que tiene este paraíso: sí, hay gris, pero también lugar para el resto de colores. Y tenía amor a raudales.

La existencia se mantuvo más o menos contante unos pocos meses, tras los cuales percibimos algo diferente en el ambiente. Inquietud, ilusión, miedo. Nueva mudanza a un piso más molongo con terrazota. Comenzaron a aparecer cachivaches de dudosa utilidad y ropas diminutas que, comprobé con alivio, no podían ser para mí, pues no encajaban en mi anatomía cuadrúpeda.

Sí, se avecinaban cambios. Podíamos olerlo. Había una perturbación en la fuerza. Sin embargo, aún tardaríamos un tiempo en poder verlo.

En poder verla.






3 de septiembre de 2024

Hierro inolvidable

Y de una isla fuimos a otra. Una en la que yo no había estado jamás. Se llama El Acero. No, no, esperen… La Madera. ¿El Metal? Disculpen, me falla la memoria. Lo cierto es que me fallan más cosas: la vista, el oído, los riñones, la cabeza. Por eso quiero aprovechar estos momentos de lucidez para dejar constancia de mi existencia. Constancia de que he vivido, de que he participado en otras vidas.

Ya lo tengo: ¡El Hierro! El Hierro fue BRUTAL. He atesorado esos meses como oro (hierro) en paño. Y seguiré haciéndolo.

Nos hospedábamos en una pequeña casita junto al «canal». Había una huertita en la que el Gordo se apresuró a cultivar rúcula y unos gatos bastante amigables que no me echaron a arañazos. Esos días se pueden sintetizar en charcos, caminos y montes. Atardeceres desde la casa, lagartos de la Histérica, muchos mimos, piedras, palos y amor.









Fue breve, pero intenso. Era la VIDA, en mayúsculas. Mi olfato estaba maravillado. Ojalá hubiéramos podido quedarnos ahí. Ya lo decían ellos, que intentaron encontrar oficio remunerado para no abandonar el lugar, pero no hubo forma. En cualquier caso, al final no habría sido lo mismo, porque volvió él.

Sí, queridas y queridos: regresó Dino, el anodino.

Al parecer en el hospital no podían tenerlo más tiempo. Habían conseguido rehabilitarlo y o mis dos le encontraban un hogar o lo volvían a mandar a la perrera. Y claro, estos son unos blandengues y ya le habían cogido cariño. Qué digo cariño, pasión, amor del grande, aunque me cueste escribirlo. El Gordo y la Histérica lo querían en su/nuestra vida. Así que buscaron la forma de meterlo en un avión y traerlo.

Y debo decir que el primer día del colega en El Hierro fue memorable: resulta que el tipo tenía una pequeña secuela que se convertiría en su seña de identidad. Era un comemierda. Literal también. Vamos, que no sé si fue porque al estar metido en una jaula tanto tiempo se vio obligado a comer su caquita para mantener la limpieza o sobrevivir a base de eso, pero esa mañana, cuando él y ella se levantaron y bajaron al salón para encontrarse con ese panorama… ¿Quieren que se lo cuente? ¿En serio? Allá ustedes, lean bajo su propia responsabilidad: en el salón había charcos, charcos de caca, y charcos de vómito de caca, y entre esos charcos estaba Dino comiendo, o bebiendo, o vomitando, o a saber qué. Es curioso: la edad me ha dado sabiduría e inmunidad ante estos recuerdos y ya no siento arcadas al rememorarlo.

Al menos ahí dejó de hacerles tanta ilusión que les lamiera la carita. Ahí te gané, chaval, ¿me oyes? Ahí te gané. Espero que lo sepas, estés donde estés.

Y todo hay que decirlo, en Córdoba hicieron un trabajo impresionante: el colega volvió a caminar. Y no solo eso, sino a correr. ¡Pegaba unos derrapes alucinantes! Era divertido ir con él a patear (aquí pueden verlo al poco de la adopción oficial: Dino is back).

El caso es que Dino al final no estuvo tan mal. Fue buena cosa tenerlo cerca para hacer fuerzas. 

Porque se avecinaba una tempestad.

2 de septiembre de 2024

¡Sigo aquí!

Guau. 

Veo que han pasado casi doce años desde mi última entrada. Guaaau. Podría inventarme cualquier excusa, como que hemos estado aislados en alguna selva sin acceso a internet. La verdad es más simple y más salvaje. Pero iré poco a poco. ¿Saben eso de que, cuando te acercas al final de tu vida, sientes la necesidad de dejar ciertas cosas por escrito? Pues eso pretendo. Porque presiento que mi final está cerca. Bueno, lo presiento yo y el Gordo, la Histérica y el resto. Sí, sí, hay «resto». Vayamos por partes. 

El último año que publiqué algo, después del encuentro con esa bestia aterradora, ya hubo cambios. La Histérica se fue a hacer algo a un sitio –«estudiar» y «Córdoba», por si son ustedes tiquismiquis con estas menudencias–. Me quedé a solas con el Gordo un tiempo. Fue fabuloso: seguía dejándome cachitos de su sándwich matinal y nos íbamos de pateo de vez en cuando. Ustedes saben que el Gordo siempre fue mi favorito, ¡ahora lo tenía todo para mí! Pero ella regresó por Navidad, como el turrón, y tras las vacaciones nos fuimos los tres juntos para allá. Reconozco que no estaba mal, echaba de menos nuestra feliz familia de tres. Este sitio, «Córdoba», era frío como el demonio. Aunque creo que no es una comparación acertada, ya que tengo entendido que el tal demonio vive en un lugar calentito. En fin, que hacía pelete. Debía luchar con la Histérica por la manta más cálida. Ella iba arrastrando el calefactor por la casa, tirando del cable, cual perrito esclavizado. Pero qué maldito frío. En resumen, fue chachi. Dormíamos muy juntitos dándonos calor y hacíamos caminatas para conocer el lugar.
    

Hasta que llegó él. 

El anodino. 

Resulta que a la Histérica se le ocurrió echar una mano en un refugio para perros. Y allí vio a camaradas míos pasando frío y penurias. Una «amiga» humana suya le presentó a un chucho, de nombre Dino, que estaba en las últimas, flacucho y hecho un asco. Esta muchacha le aseguró que no sobreviviría al invierno en la perrera y le sugirió llevarlo a casa. Acogida temporal, lo llaman. 

Ja. 

Este pobre desgraciado entró en casa para no salir. Porque no podía. Pasa que el susodicho era un despojo que se arrastraba por la casa. Literalmente; fue perdiendo la movilidad de las patas traseras y daba un no sé qué verlo, hasta yo sentí lástima. Resulta que tenía algo llamado «moquillo». El Gordo le fabricó un arnés para elevarle las patitas de atrás cuando lo sacaban. Parecía una marioneta, con correa delante y detrás (aquí pueden verlo: Dino con arnés). Vergüenza me daba que me vieran con él en público, pero sobre todo sentí celos. Lo achuchaban como si fuera un peluche molón, cuando yo no veía más que un saco de huesos sarnoso –sí, también tenía sarna–. Ellos hicieron lo que pudieron: que si medicinas, que si mimos, que si masajes que le dedicaba el Gordo... Increíble. Y a mí las migajas del sándwich. Mas llegó el día en que tuvimos que volver a nuestra isla y él se quedó allá, en Córdoba. Mis dos no podían darle la atención que necesitaba, el can estaba en las últimas. El equipo veterinario se ofreció a quedárselo en la clínica para intentar rehabilitarlo. Muchas esperanzas no tenían, ni ellos ni nosotros. Pero yo feliz, porque tuve al Gordo y la Histérica de nuevo para mí, aunque estuvieron tristones una época. Parece que echaban de menos al pulgoso ese. 





Aunque pronto recuperaron la alegría, en nuestra siguiente parada…

25 de octubre de 2012

De caballos y otras bestias

No puedo dormir. Desde ayer, desde que vi a esa bestia. ¿Pueden culparme? Ustedes tampoco podrían.
Ayer todo comenzó bien. Un día prometedor por delante: la Histérica me despertó al grito de «¡Vamos al monte!». Qué feliz fui. Pero duró poco. Al rato de estar correteando, cazando piedras y persiguiendo piñas, nos topamos con un miembro de la raza canina, aunque yo me niego a considerarlo parte de mi propia raza. ¡Tremenda bestia! Juzguen ustedes. Aquí lo tienen:


Pero lo realmente aterrador era esa mirada:


¿Ven? ¿Ven cómo me está mirando? Pues resulta que la Histérica se enamoró del bicho. La cagamos. En cualquier momento se abre la puerta de casa y me la veo a lomos de ese gigante. Lobero irlandés, dicen que es. A mí me da igual qué lengua hable. Son ochenta y seis kilos. No tengo ninguna intención de entenderme con él. Menos mal que todavía puedo fiarme del Gordo, que trae algo de cordura a esta casa...

13 de marzo de 2012

¡He vueeeelto!

Pues sí, querido público. He vuelto. La Histérica no me ha dejado mucho el ordenador; entre sus exámenes finales y que se rompió el trasto (y ella misma un poco), imagínense...

Dejamos nuestro pequeño hogar en La Laguna para irnos a vivir a otra isla. En esa nueva casa no tenía terraza, pero sí un balconcito desde donde podía ver pasar la vida y tomar el sol. Y, mejor aún, podía ver al Gordo cuando volvía del trabajo. Nuestra estancia allí no estuvo mal del todo; descubrimos rincones agradables, barrancos con mil olores nuevos y alguna presa donde me di un chapuzón. Pero cuando ya me estaba acostumbrando, volvimos a nuestra vieja isla... Esta vez a un piso sin terraza ni balcón. Y ahí me entró la depresión. Para tomar un fisco de sol debía llorar para que me sacaran, porque no había otra manera. Pero todo cambió hace unos días... De repente me vi en una casa abierta. No sólo con terraza, sino con EL MUNDO ANTE MÍ. He subido cumbres, visitado playas y comido carne asada. He añadido un par de pretendientes a mi colección. He corrido y me he cansado. ¡He recordado lo bueno que es ser perro y estar vivo! Pero ahora no tengo ni idea de adónde vamos... Estamos de nuevo en un barco, pero desconozco el destino. ¡Espero que sea igual de emocionante que el último! Aquí pueden verme controlando el mundo desde mi puesto...