Una mañana, no hace mucho, me dieron un revoltijo de papel. Lo mordí y me lo quitaron (¿pero no era para mí?). Por lo visto, lo que me daban realmente era lo que había dentro del papelucho.
Y aquí está, señores.
Era... esto. Que no me quejo, con el frío que hace por estos lares laguneros, pero ya les vale... ya...
PD: ¿Qué me dicen de esos alerones que me han salido en el cuello? Ellos se ríen...