10 de septiembre de 2024

Rutina con novedad

Terminó el escamoso asunto que nos había llevado a El Hierro y volvimos al origen. De regreso al cubículo sin terraza, al gris sin puestas de sol.

Poco hay que decir de esos días. Volvimos a lo de siempre, la buena vida. Sí, porque no era aquella existencia idílica en una isla esplendorosa, pero no me podía quejar: montañas, bosques, playas y charcos. Es lo que tiene este paraíso: sí, hay gris, pero también lugar para el resto de colores. Y tenía amor a raudales.

La existencia se mantuvo más o menos contante unos pocos meses, tras los cuales percibimos algo diferente en el ambiente. Inquietud, ilusión, miedo. Nueva mudanza a un piso más molongo con terrazota. Comenzaron a aparecer cachivaches de dudosa utilidad y ropas diminutas que, comprobé con alivio, no podían ser para mí, pues no encajaban en mi anatomía cuadrúpeda.

Sí, se avecinaban cambios. Podíamos olerlo. Había una perturbación en la fuerza. Sin embargo, aún tardaríamos un tiempo en poder verlo.

En poder verla.






3 de septiembre de 2024

Hierro inolvidable

Y de una isla fuimos a otra. Una en la que yo no había estado jamás. Se llama El Acero. No, no, esperen… La Madera. ¿El Metal? Disculpen, me falla la memoria. Lo cierto es que me fallan más cosas: la vista, el oído, los riñones, la cabeza. Por eso quiero aprovechar estos momentos de lucidez para dejar constancia de mi existencia. Constancia de que he vivido, de que he participado en otras vidas.

Ya lo tengo: ¡El Hierro! El Hierro fue BRUTAL. He atesorado esos meses como oro (hierro) en paño. Y seguiré haciéndolo.

Nos hospedábamos en una pequeña casita junto al «canal». Había una huertita en la que el Gordo se apresuró a cultivar rúcula y unos gatos bastante amigables que no me echaron a arañazos. Esos días se pueden sintetizar en charcos, caminos y montes. Atardeceres desde la casa, lagartos de la Histérica, muchos mimos, piedras, palos y amor.









Fue breve, pero intenso. Era la VIDA, en mayúsculas. Mi olfato estaba maravillado. Ojalá hubiéramos podido quedarnos ahí. Ya lo decían ellos, que intentaron encontrar oficio remunerado para no abandonar el lugar, pero no hubo forma. En cualquier caso, al final no habría sido lo mismo, porque volvió él.

Sí, queridas y queridos: regresó Dino, el anodino.

Al parecer en el hospital no podían tenerlo más tiempo. Habían conseguido rehabilitarlo y o mis dos le encontraban un hogar o lo volvían a mandar a la perrera. Y claro, estos son unos blandengues y ya le habían cogido cariño. Qué digo cariño, pasión, amor del grande, aunque me cueste escribirlo. El Gordo y la Histérica lo querían en su/nuestra vida. Así que buscaron la forma de meterlo en un avión y traerlo.

Y debo decir que el primer día del colega en El Hierro fue memorable: resulta que el tipo tenía una pequeña secuela que se convertiría en su seña de identidad. Era un comemierda. Literal también. Vamos, que no sé si fue porque al estar metido en una jaula tanto tiempo se vio obligado a comer su caquita para mantener la limpieza o sobrevivir a base de eso, pero esa mañana, cuando él y ella se levantaron y bajaron al salón para encontrarse con ese panorama… ¿Quieren que se lo cuente? ¿En serio? Allá ustedes, lean bajo su propia responsabilidad: en el salón había charcos, charcos de caca, y charcos de vómito de caca, y entre esos charcos estaba Dino comiendo, o bebiendo, o vomitando, o a saber qué. Es curioso: la edad me ha dado sabiduría e inmunidad ante estos recuerdos y ya no siento arcadas al rememorarlo.

Al menos ahí dejó de hacerles tanta ilusión que les lamiera la carita. Ahí te gané, chaval, ¿me oyes? Ahí te gané. Espero que lo sepas, estés donde estés.

Y todo hay que decirlo, en Córdoba hicieron un trabajo impresionante: el colega volvió a caminar. Y no solo eso, sino a correr. ¡Pegaba unos derrapes alucinantes! Era divertido ir con él a patear (aquí pueden verlo al poco de la adopción oficial: Dino is back).

El caso es que Dino al final no estuvo tan mal. Fue buena cosa tenerlo cerca para hacer fuerzas. 

Porque se avecinaba una tempestad.

2 de septiembre de 2024

¡Sigo aquí!

Guau. 

Veo que han pasado casi doce años desde mi última entrada. Guaaau. Podría inventarme cualquier excusa, como que hemos estado aislados en alguna selva sin acceso a internet. La verdad es más simple y más salvaje. Pero iré poco a poco. ¿Saben eso de que, cuando te acercas al final de tu vida, sientes la necesidad de dejar ciertas cosas por escrito? Pues eso pretendo. Porque presiento que mi final está cerca. Bueno, lo presiento yo y el Gordo, la Histérica y el resto. Sí, sí, hay «resto». Vayamos por partes. 

El último año que publiqué algo, después del encuentro con esa bestia aterradora, ya hubo cambios. La Histérica se fue a hacer algo a un sitio –«estudiar» y «Córdoba», por si son ustedes tiquismiquis con estas menudencias–. Me quedé a solas con el Gordo un tiempo. Fue fabuloso: seguía dejándome cachitos de su sándwich matinal y nos íbamos de pateo de vez en cuando. Ustedes saben que el Gordo siempre fue mi favorito, ¡ahora lo tenía todo para mí! Pero ella regresó por Navidad, como el turrón, y tras las vacaciones nos fuimos los tres juntos para allá. Reconozco que no estaba mal, echaba de menos nuestra feliz familia de tres. Este sitio, «Córdoba», era frío como el demonio. Aunque creo que no es una comparación acertada, ya que tengo entendido que el tal demonio vive en un lugar calentito. En fin, que hacía pelete. Debía luchar con la Histérica por la manta más cálida. Ella iba arrastrando el calefactor por la casa, tirando del cable, cual perrito esclavizado. Pero qué maldito frío. En resumen, fue chachi. Dormíamos muy juntitos dándonos calor y hacíamos caminatas para conocer el lugar.
    

Hasta que llegó él. 

El anodino. 

Resulta que a la Histérica se le ocurrió echar una mano en un refugio para perros. Y allí vio a camaradas míos pasando frío y penurias. Una «amiga» humana suya le presentó a un chucho, de nombre Dino, que estaba en las últimas, flacucho y hecho un asco. Esta muchacha le aseguró que no sobreviviría al invierno en la perrera y le sugirió llevarlo a casa. Acogida temporal, lo llaman. 

Ja. 

Este pobre desgraciado entró en casa para no salir. Porque no podía. Pasa que el susodicho era un despojo que se arrastraba por la casa. Literalmente; fue perdiendo la movilidad de las patas traseras y daba un no sé qué verlo, hasta yo sentí lástima. Resulta que tenía algo llamado «moquillo». El Gordo le fabricó un arnés para elevarle las patitas de atrás cuando lo sacaban. Parecía una marioneta, con correa delante y detrás (aquí pueden verlo: Dino con arnés). Vergüenza me daba que me vieran con él en público, pero sobre todo sentí celos. Lo achuchaban como si fuera un peluche molón, cuando yo no veía más que un saco de huesos sarnoso –sí, también tenía sarna–. Ellos hicieron lo que pudieron: que si medicinas, que si mimos, que si masajes que le dedicaba el Gordo... Increíble. Y a mí las migajas del sándwich. Mas llegó el día en que tuvimos que volver a nuestra isla y él se quedó allá, en Córdoba. Mis dos no podían darle la atención que necesitaba, el can estaba en las últimas. El equipo veterinario se ofreció a quedárselo en la clínica para intentar rehabilitarlo. Muchas esperanzas no tenían, ni ellos ni nosotros. Pero yo feliz, porque tuve al Gordo y la Histérica de nuevo para mí, aunque estuvieron tristones una época. Parece que echaban de menos al pulgoso ese. 





Aunque pronto recuperaron la alegría, en nuestra siguiente parada…

25 de octubre de 2012

De caballos y otras bestias

No puedo dormir. Desde ayer, desde que vi a esa bestia. ¿Pueden culparme? Ustedes tampoco podrían.
Ayer todo comenzó bien. Un día prometedor por delante: la Histérica me despertó al grito de «¡Vamos al monte!». Qué feliz fui. Pero duró poco. Al rato de estar correteando, cazando piedras y persiguiendo piñas, nos topamos con un miembro de la raza canina, aunque yo me niego a considerarlo parte de mi propia raza. ¡Tremenda bestia! Juzguen ustedes. Aquí lo tienen:


Pero lo realmente aterrador era esa mirada:


¿Ven? ¿Ven cómo me está mirando? Pues resulta que la Histérica se enamoró del bicho. La cagamos. En cualquier momento se abre la puerta de casa y me la veo a lomos de ese gigante. Lobero irlandés, dicen que es. A mí me da igual qué lengua hable. Son ochenta y seis kilos. No tengo ninguna intención de entenderme con él. Menos mal que todavía puedo fiarme del Gordo, que trae algo de cordura a esta casa...

13 de marzo de 2012

¡He vueeeelto!

Pues sí, querido público. He vuelto. La Histérica no me ha dejado mucho el ordenador; entre sus exámenes finales y que se rompió el trasto (y ella misma un poco), imagínense...

Dejamos nuestro pequeño hogar en La Laguna para irnos a vivir a otra isla. En esa nueva casa no tenía terraza, pero sí un balconcito desde donde podía ver pasar la vida y tomar el sol. Y, mejor aún, podía ver al Gordo cuando volvía del trabajo. Nuestra estancia allí no estuvo mal del todo; descubrimos rincones agradables, barrancos con mil olores nuevos y alguna presa donde me di un chapuzón. Pero cuando ya me estaba acostumbrando, volvimos a nuestra vieja isla... Esta vez a un piso sin terraza ni balcón. Y ahí me entró la depresión. Para tomar un fisco de sol debía llorar para que me sacaran, porque no había otra manera. Pero todo cambió hace unos días... De repente me vi en una casa abierta. No sólo con terraza, sino con EL MUNDO ANTE MÍ. He subido cumbres, visitado playas y comido carne asada. He añadido un par de pretendientes a mi colección. He corrido y me he cansado. ¡He recordado lo bueno que es ser perro y estar vivo! Pero ahora no tengo ni idea de adónde vamos... Estamos de nuevo en un barco, pero desconozco el destino. ¡Espero que sea igual de emocionante que el último! Aquí pueden verme controlando el mundo desde mi puesto...

24 de agosto de 2010

Días extraños

Ni sé por dónde empezar. He oído de todo en este extraño, confuso agosto. He visto llantos y lamido lágrimas, he oído grititos histéricos de alegría. Para empezar, debería estar en esa casa rodeada de verde que tanto me gusta, persiguiendo gatos, pero tampoco he estado yo muy animada.

Mi madrina, Alicia, se fue. Y por esa congoja que he percibido en mis dueños, por esa desesperación, presiento que es para siempre. Mi madrinita, que venía a verme siempre, por la que me hacía pis en el suelo de la emoción, simplemente no logró vencer y se marchó. Pero qué alegría haberla tenido para empezar. Qué sonrisa tenía, cuántos mimos me daba. Si no hubiera sido por esa fiera que tiene en casa, ese terrier-toro, habría ido a visitarla yo a menudo, sí señor. Madrina, no sé muy bien adónde te has ido, pero debes saber que espero volver a verte, no te librarás de mí, ¿eh?


Y como si no tuviéramos bastante con la hija de Fefa, la tal Sookie, que la conocí el otro día y arrasó con mis juguetes, ahora está en camino un cachorro humano, ¡menos mal que no es del Gordo y la Histérica! Porque a saber qué saldría de ahí, ni imaginarlo quiero. No, este cachorro viene de otra Alicia, como caído del cielo. Igual lo envía mi madrinita como consuelo, aunque sería una broma pesada, sabiendo ella cómo detesto a los infantes, ya sean perrunos o humanos. No hay más que ver la cara de la Sookie para saber que nada bueno trama.


Pues así ha sido este mes de agosto, tristezas y alegrías, confusión y desconcierto, como la vida misma. Y la que se avecina, que la Histérica habla mucho últimamente de la 'crisis de los treinta' y que 'que le den a la crisis de los treinta, que lo bonito es cumplirlos, y no la alternativa', a saber. ¿Habrá más llanto? Sólo sé que quiere vivir muchos más años para experimentar más tristezas, alegrías, confusión y desconcierto. Está majara últimamente. Es decir, más de lo normal.

¡Y yo seré simple, pero todo cuanto espero es que los años que me quedan el Gordo siga dándome esos pedacitos de su sándwich matutino!

28 de abril de 2010

Próximamente...

Pues vaya. Resulta que la Fefa va a ser madre. No le veo yo el punto a eso, ¿eh? Pequeños perritos atosigándote todo el día, lloriqueando, mordisqueando tu cuerpo por donde puedan... Pobre, pobre Fefa. Menos mal que a estos dos ni se les pasa por la cabeza. Ni con los cachorros perrunos ni con los humanoides. Con lo bien que estamos así, los tres... Argh, si ya me daba cosa ir a ver a la Fefa, ahora tengo más razones (3 más, se rumorea) para no ir. Aunque mucho me temo que la Histérica querrá ver esas cosas. No le bastaba a tía Raquel con pincharme en la consulta, no...

3 de enero de 2010

¿Dulce Navidad? ¡Amarga locura!

Salir a pasear estos días es una auténtica odisea, un infierno por lo que yo llamo LA FIEBRE. Prefiero quedarme metidita en la caseta y esperar a que pase esta fiebre, en la que a todo el mundo le ha dado por salir a la calle, por meterse en tiendas, por caminar y correr con esa horrible musiquilla repetida de fondo. Afortunadamente el Gordo y la Histérica huyen de este jaleo también, y hoy hemos ido de chuletada al monte. ¿Y qué ha sido lo mejor? Pues que toda, TODA la zona recreativa era para nosotros. No había ni un alma. Se ve que la gente prefiere gastar y comprar en esos sitios llenos de cosas inútiles y poco prácticas por las que hay que pagar. Qué follones se traen estos humanos. Y mientras, yo tan tranquila, comiendo salchichas y chuletas y persiguiendo piedras.

Creo que queda poco para que termine la fiebre, pues hay un montoncito de paquetes en un rincón de la casa. Recuerdo que en años anteriores esa montañita era previa a volver a la rutina. Quedarán un par de días a lo sumo. Qué ganas de volver a mis paseos matutinos por la calles despejadas. Qué ganas de tener a estos dos tranquilitos por casa, sin musiquillas ni lucecitas..., ¡pero que no se acaben los polvorones!