5 de noviembre de 2024

Es un hasta siempre

Se habrán dado cuenta de que estoy resumiendo bastante. Lo cierto es que no me extiendo mucho porque temo no llegar a contarlo todo.

Estoy mal. Ya estaba mal desde hace meses, pero estos últimos días he ido a peor. Me siento muy cansada, no puedo caminar sin tambalearme o chocar contra algo, y cuando choco dejo en paredes y muebles huellas sanguinolentas del tumor que hay en mi cabeza. Soy un saco de huesos, ni rastro de aquellos músculos que me ayudaban a brincar como loca. No veo, no oigo. Los cambios bruscos de luz y sombra me sobresaltaban, pero en los últimos días ya casi no reacciono ni a eso. Hasta hace unos días debían ponerme frente al plato de comida para que pudiera alimentarme, porque incluso el olfato me falla y no lograba dar con él. Pero ahora... Ahora me acercan un trocito de la delicia más exquisita al morro y no despierta mi apetito, ni mi gula, porque no tengo. Me hago mis necesidades por la casa. Hasta hace dos días me pasaba largos ratos de pie, mirando a nada en particular, con la cabeza gacha; ahora ni eso, no tengo equilibrio. Me paso el día echada. No tengo fuerzas. Tiemblo. De vida social hace tiempo que nada de nada: no me interesa en lo más mínimo olisquear traseros. Hace ya meses mi médico habló con el Gordo y la Histérica: no escuché claramente, pero me pareció oír algo sobre «demencia». Bien pudo decir que tengo mucha influencia o que soy de lo mejor de la existencia, a saber. También dijo algo sobre tomar una decisión –aunque lo mismo tienen que tomar un avión–. Espero que no se estén pensando traer otro perro, porque no estoy yo para aumentar la manada ahora mismo. Los he oído hablar de «ayudarme», que no deberían ser egoístas, y enseguida niegan con la cabeza  y a veces lloriquean. ¿Con qué querrán ayudarme? Ojalá fuera una ayuda para alcanzar algo de paz.

Hace tiempo que no me llevan al monte porque me desoriento y tienen que llevarme en brazos. Hace un par de meses, en la isla verde del jardín, fui una mañana a la playa: me pusieron sobre el mar y lo sentí. ¡Lo sentí! Podía olerlo. Comencé a mover las patas como antaño, para nadar, pero no tenía fuerzas. Definitivamente no tengo energías para nadar. 



Estoy preocupada por el Gordo y la Histérica. ¿Sabrán vivir sin mí? Después de todo, he sido testigo de esa relación casi desde sus inicios.

Confío en que saldrán adelante. Les quedan unos cuantos años buenos. En cuanto a mí esto ha sido todo. He tenido una vida plena. He sido hija única –con el agasajo que eso conlleva–; he sido testigo de desaveniencias conyugales y de retozos que han acabado en vida; he visto crecer a mi familia/manada; he viajado, navegado, volado; he pisado nieve y volcanes, me he revolcado en arena y hojas de todos los colores; he dormido entre almohadas y en brazos y en tiendas de campaña; he vivido en siete casas diferentes; me he despedido de grandes amigos y he presenciado el crecimiento de mis «hermanos» pequeños, he sido querida... He sido feliz. Supongo que por eso me cuesta tanto irme, y supongo también que por eso al Gordo y la Histérica les cuesta tanto dejarme ir. Para ellos es el fin de una etapa. Huelen a afecto y pesadumbre, a dolor y amor. Sus caricias tienen una intensidad diferente, puedo sentir la congoja en sus manos.

Gordo, Histérica: hasta aquí he llegado. Por favor, ayúdenme. Recuérdenme en mis buenos tiempos: persiguiendo piedras, mordisqueando pelos y palos, subiendo riscos, saltando en los charcos, restregándome en lombrices –gloriosos gusanos, a que se habían olvidado, ¡pues yo no!–... Sé que me llorarán, y sé también que llegará el día en que se sientan preparados para hacer a otra chucha tan feliz como a mí. Tiempo al tiempo.

Gracias por haberme escogido y compartir su vida conmigo. Espero haber sido la compañera peluda que esperaban.

Les llevo conmigo.




18 de septiembre de 2024

Adiós, camarada

Dino se fue sin avisar, casi como llegó.

Unos días antes había vomitado un poco, pero como él siempre fue algo escatológico no le dieron importancia. Ya venía tocado por el moquillo y a saber qué más cosas.

Una mañana el Gordo se levantó y lo encontró echado en el salón, en una parte donde no solía tumbarse. En dirección al balcón. Quién sabe si buscaba fresco o quería morir lejos para evitarnos el daño.

Nos pusimos muy tristes. Sí, incluso yo, que en público lo repudiaba para mantener mi imagen de dueña y señora de la casa... En el fondo nos hacíamos compañía y le tenía cariño, vaya si lo apreciaba... Los días siguientes a su marcha estuve afligida. Percibía en el ambiente que faltaba una parte esencial de mi manada. Los cachorros le dieron las últimas caricias y le hicieron un homenaje muy bonito.

En cuanto a los otros dos... Fue un espectáculo: el Gordo y la Histérica deambulaban como almas en pena, incluso se echaron a llorar mientras barrían sus últimos pelos de la casa. Bueno, ellos pensaban que eran los últimos, porque estoy segura de que a día de hoy queda ADN de esa bestia por algún rincón. No son muy duchos en limpieza estos.

Dino, qué decirte... Pronto te veré en el incierto cielo de los perros. ¿Existe tal cosa? Me imagino que el tuyo tendrá nubes de caca.




17 de septiembre de 2024

Caos en manada

Fue caótico, qué les voy a contar. Creo que la Histérica se sentía culpable por no pasearnos tanto como antes y delegar esa tarea en el Gordo. Alguna vez nos sacaba dejando a la cachorra con él, pero el paseo era con prisas y bueh... Fue un proceso. Del trastorno pasamos a la diversión, y es que la criatura esa, en cuanto aprendió a moverse, no paraba. Era una auténtica jiribilla. Con el tiempo volvimos a recuperar atención. ¡Ah! Y de la diversión pasamos al festín. Sí, sí: un día sentaron a Jiribilla en una silla alta y ahí, en una bandeja, le colocaban toda clase de delicias. Se ve que aún no atinaba mucho y la mayoría de esos manjares acababan en el suelo. ¿Y quién se encargaba de limpiar? ¿Eh? ¡¡SÍÍÍ!! Los cuadrúpedos, a su servicio.

Y así continuó la vida: hogar, limpiar desastres culinarios, senderos, playas y amor, cada vez más, porque había más corazones en casa. Y no tardó en llegar otro...



Esto sí que fue un jaleo. La Histérica se quedaba a menudo sola con las dos criaturas y se volvía más histérica, si cabe. Le daba por llorar, luego por achucharlos, a ratos nos daba chucherías sin venir a cuento... Era un caos pasional. Este último cachorro, el Jaleo, era más movido todavía que la otra. Pero como eran dos había más comida por los suelos, ¡yuju!

Pasábamos largas jornadas en el parque. En parques y plazas. Durante un tiempo hubo menos monte y mar. Y aunque lo echaba de menos me sentía importante, formaba parte de una manada que crecía y crecía.



Pero seguíamos viajando en manada, no se crean. Todos los años, cuando llegaba el calor, pasábamos una temporada en la isla esa de la casa con jardín y gatos, y otros tantos días en la otra isla de arena y sal. En esta última el colega Dino se volvía loco. Vale, yo también, para qué negarlo. En ocasiones nos llevaban temprano a una playa desierta y corríamos, corríamos junto al mar, y jugábamos con la manada.





Buenos años, ya te digo. 

Los años en manada.

Dino era todo un personaje. Las últimas veces que hemos ido a esa playa sin él no han sido lo mismo.


10 de septiembre de 2024

Rutina con novedad

Terminó el escamoso asunto que nos había llevado a El Hierro y volvimos al origen. De regreso al cubículo sin terraza, al gris sin puestas de sol.

Poco hay que decir de esos días. Volvimos a lo de siempre, la buena vida. Sí, porque no era aquella existencia idílica en una isla esplendorosa, pero no me podía quejar: montañas, bosques, playas y charcos. Es lo que tiene este paraíso: sí, hay gris, pero también lugar para el resto de colores. Y tenía amor a raudales.

La existencia se mantuvo más o menos contante unos pocos meses, tras los cuales percibimos algo diferente en el ambiente. Inquietud, ilusión, miedo. Nueva mudanza a un piso más molongo con terrazota. Comenzaron a aparecer cachivaches de dudosa utilidad y ropas diminutas que, comprobé con alivio, no podían ser para mí, pues no encajaban en mi anatomía cuadrúpeda.

Sí, se avecinaban cambios. Podíamos olerlo. Había una perturbación en la fuerza. Sin embargo, aún tardaríamos un tiempo en poder verlo.

En poder verla.






3 de septiembre de 2024

Hierro inolvidable

Y de una isla fuimos a otra. Una en la que yo no había estado jamás. Se llama El Acero. No, no, esperen… La Madera. ¿El Metal? Disculpen, me falla la memoria. Lo cierto es que me fallan más cosas: la vista, el oído, los riñones, la cabeza. Por eso quiero aprovechar estos momentos de lucidez para dejar constancia de mi existencia. Constancia de que he vivido, de que he participado en otras vidas.

Ya lo tengo: ¡El Hierro! El Hierro fue BRUTAL. He atesorado esos meses como oro (hierro) en paño. Y seguiré haciéndolo.

Nos hospedábamos en una pequeña casita junto al «canal». Había una huertita en la que el Gordo se apresuró a cultivar rúcula y unos gatos bastante amigables que no me echaron a arañazos. Esos días se pueden sintetizar en charcos, caminos y montes. Atardeceres desde la casa, lagartos de la Histérica, muchos mimos, piedras, palos y amor.









Fue breve, pero intenso. Era la VIDA, en mayúsculas. Mi olfato estaba maravillado. Ojalá hubiéramos podido quedarnos ahí. Ya lo decían ellos, que intentaron encontrar oficio remunerado para no abandonar el lugar, pero no hubo forma. En cualquier caso, al final no habría sido lo mismo, porque volvió él.

Sí, queridas y queridos: regresó Dino, el anodino.

Al parecer en el hospital no podían tenerlo más tiempo. Habían conseguido rehabilitarlo y o mis dos le encontraban un hogar o lo volvían a mandar a la perrera. Y claro, estos son unos blandengues y ya le habían cogido cariño. Qué digo cariño, pasión, amor del grande, aunque me cueste escribirlo. El Gordo y la Histérica lo querían en su/nuestra vida. Así que buscaron la forma de meterlo en un avión y traerlo.

Y debo decir que el primer día del colega en El Hierro fue memorable: resulta que el tipo tenía una pequeña secuela que se convertiría en su seña de identidad. Era un comemierda. Literal también. Vamos, que no sé si fue porque al estar metido en una jaula tanto tiempo se vio obligado a comer su caquita para mantener la limpieza o sobrevivir a base de eso, pero esa mañana, cuando él y ella se levantaron y bajaron al salón para encontrarse con ese panorama… ¿Quieren que se lo cuente? ¿En serio? Allá ustedes, lean bajo su propia responsabilidad: en el salón había charcos, charcos de caca, y charcos de vómito de caca, y entre esos charcos estaba Dino comiendo, o bebiendo, o vomitando, o a saber qué. Es curioso: la edad me ha dado sabiduría e inmunidad ante estos recuerdos y ya no siento arcadas al rememorarlo.

Al menos ahí dejó de hacerles tanta ilusión que les lamiera la carita. Ahí te gané, chaval, ¿me oyes? Ahí te gané. Espero que lo sepas, estés donde estés.

Y todo hay que decirlo, en Córdoba hicieron un trabajo impresionante: el colega volvió a caminar. Y no solo eso, sino a correr. ¡Pegaba unos derrapes alucinantes! Era divertido ir con él a patear (aquí pueden verlo al poco de la adopción oficial: Dino is back).

El caso es que Dino al final no estuvo tan mal. Fue buena cosa tenerlo cerca para hacer fuerzas. 

Porque se avecinaba una tempestad.

2 de septiembre de 2024

¡Sigo aquí!

Guau. 

Veo que han pasado casi doce años desde mi última entrada. Guaaau. Podría inventarme cualquier excusa, como que hemos estado aislados en alguna selva sin acceso a internet. La verdad es más simple y más salvaje. Pero iré poco a poco. ¿Saben eso de que, cuando te acercas al final de tu vida, sientes la necesidad de dejar ciertas cosas por escrito? Pues eso pretendo. Porque presiento que mi final está cerca. Bueno, lo presiento yo y el Gordo, la Histérica y el resto. Sí, sí, hay «resto». Vayamos por partes. 

El último año que publiqué algo, después del encuentro con esa bestia aterradora, ya hubo cambios. La Histérica se fue a hacer algo a un sitio –«estudiar» y «Córdoba», por si son ustedes tiquismiquis con estas menudencias–. Me quedé a solas con el Gordo un tiempo. Fue fabuloso: seguía dejándome cachitos de su sándwich matinal y nos íbamos de pateo de vez en cuando. Ustedes saben que el Gordo siempre fue mi favorito, ¡ahora lo tenía todo para mí! Pero ella regresó por Navidad, como el turrón, y tras las vacaciones nos fuimos los tres juntos para allá. Reconozco que no estaba mal, echaba de menos nuestra feliz familia de tres. Este sitio, «Córdoba», era frío como el demonio. Aunque creo que no es una comparación acertada, ya que tengo entendido que el tal demonio vive en un lugar calentito. En fin, que hacía pelete. Debía luchar con la Histérica por la manta más cálida. Ella iba arrastrando el calefactor por la casa, tirando del cable, cual perrito esclavizado. Pero qué maldito frío. En resumen, fue chachi. Dormíamos muy juntitos dándonos calor y hacíamos caminatas para conocer el lugar.
    

Hasta que llegó él. 

El anodino. 

Resulta que a la Histérica se le ocurrió echar una mano en un refugio para perros. Y allí vio a camaradas míos pasando frío y penurias. Una «amiga» humana suya le presentó a un chucho, de nombre Dino, que estaba en las últimas, flacucho y hecho un asco. Esta muchacha le aseguró que no sobreviviría al invierno en la perrera y le sugirió llevarlo a casa. Acogida temporal, lo llaman. 

Ja. 

Este pobre desgraciado entró en casa para no salir. Porque no podía. Pasa que el susodicho era un despojo que se arrastraba por la casa. Literalmente; fue perdiendo la movilidad de las patas traseras y daba un no sé qué verlo, hasta yo sentí lástima. Resulta que tenía algo llamado «moquillo». El Gordo le fabricó un arnés para elevarle las patitas de atrás cuando lo sacaban. Parecía una marioneta, con correa delante y detrás (aquí pueden verlo: Dino con arnés). Vergüenza me daba que me vieran con él en público, pero sobre todo sentí celos. Lo achuchaban como si fuera un peluche molón, cuando yo no veía más que un saco de huesos sarnoso –sí, también tenía sarna–. Ellos hicieron lo que pudieron: que si medicinas, que si mimos, que si masajes que le dedicaba el Gordo... Increíble. Y a mí las migajas del sándwich. Mas llegó el día en que tuvimos que volver a nuestra isla y él se quedó allá, en Córdoba. Mis dos no podían darle la atención que necesitaba, el can estaba en las últimas. El equipo veterinario se ofreció a quedárselo en la clínica para intentar rehabilitarlo. Muchas esperanzas no tenían, ni ellos ni nosotros. Pero yo feliz, porque tuve al Gordo y la Histérica de nuevo para mí, aunque estuvieron tristones una época. Parece que echaban de menos al pulgoso ese. 





Aunque pronto recuperaron la alegría, en nuestra siguiente parada…

25 de octubre de 2012

De caballos y otras bestias

No puedo dormir. Desde ayer, desde que vi a esa bestia. ¿Pueden culparme? Ustedes tampoco podrían.
Ayer todo comenzó bien. Un día prometedor por delante: la Histérica me despertó al grito de «¡Vamos al monte!». Qué feliz fui. Pero duró poco. Al rato de estar correteando, cazando piedras y persiguiendo piñas, nos topamos con un miembro de la raza canina, aunque yo me niego a considerarlo parte de mi propia raza. ¡Tremenda bestia! Juzguen ustedes. Aquí lo tienen:


Pero lo realmente aterrador era esa mirada:


¿Ven? ¿Ven cómo me está mirando? Pues resulta que la Histérica se enamoró del bicho. La cagamos. En cualquier momento se abre la puerta de casa y me la veo a lomos de ese gigante. Lobero irlandés, dicen que es. A mí me da igual qué lengua hable. Son ochenta y seis kilos. No tengo ninguna intención de entenderme con él. Menos mal que todavía puedo fiarme del Gordo, que trae algo de cordura a esta casa...

13 de marzo de 2012

¡He vueeeelto!

Pues sí, querido público. He vuelto. La Histérica no me ha dejado mucho el ordenador; entre sus exámenes finales y que se rompió el trasto (y ella misma un poco), imagínense...

Dejamos nuestro pequeño hogar en La Laguna para irnos a vivir a otra isla. En esa nueva casa no tenía terraza, pero sí un balconcito desde donde podía ver pasar la vida y tomar el sol. Y, mejor aún, podía ver al Gordo cuando volvía del trabajo. Nuestra estancia allí no estuvo mal del todo; descubrimos rincones agradables, barrancos con mil olores nuevos y alguna presa donde me di un chapuzón. Pero cuando ya me estaba acostumbrando, volvimos a nuestra vieja isla... Esta vez a un piso sin terraza ni balcón. Y ahí me entró la depresión. Para tomar un fisco de sol debía llorar para que me sacaran, porque no había otra manera. Pero todo cambió hace unos días... De repente me vi en una casa abierta. No sólo con terraza, sino con EL MUNDO ANTE MÍ. He subido cumbres, visitado playas y comido carne asada. He añadido un par de pretendientes a mi colección. He corrido y me he cansado. ¡He recordado lo bueno que es ser perro y estar vivo! Pero ahora no tengo ni idea de adónde vamos... Estamos de nuevo en un barco, pero desconozco el destino. ¡Espero que sea igual de emocionante que el último! Aquí pueden verme controlando el mundo desde mi puesto...

24 de agosto de 2010

Días extraños

Ni sé por dónde empezar. He oído de todo en este extraño, confuso agosto. He visto llantos y lamido lágrimas, he oído grititos histéricos de alegría. Para empezar, debería estar en esa casa rodeada de verde que tanto me gusta, persiguiendo gatos, pero tampoco he estado yo muy animada.

Mi madrina, Alicia, se fue. Y por esa congoja que he percibido en mis dueños, por esa desesperación, presiento que es para siempre. Mi madrinita, que venía a verme siempre, por la que me hacía pis en el suelo de la emoción, simplemente no logró vencer y se marchó. Pero qué alegría haberla tenido para empezar. Qué sonrisa tenía, cuántos mimos me daba. Si no hubiera sido por esa fiera que tiene en casa, ese terrier-toro, habría ido a visitarla yo a menudo, sí señor. Madrina, no sé muy bien adónde te has ido, pero debes saber que espero volver a verte, no te librarás de mí, ¿eh?


Y como si no tuviéramos bastante con la hija de Fefa, la tal Sookie, que la conocí el otro día y arrasó con mis juguetes, ahora está en camino un cachorro humano, ¡menos mal que no es del Gordo y la Histérica! Porque a saber qué saldría de ahí, ni imaginarlo quiero. No, este cachorro viene de otra Alicia, como caído del cielo. Igual lo envía mi madrinita como consuelo, aunque sería una broma pesada, sabiendo ella cómo detesto a los infantes, ya sean perrunos o humanos. No hay más que ver la cara de la Sookie para saber que nada bueno trama.


Pues así ha sido este mes de agosto, tristezas y alegrías, confusión y desconcierto, como la vida misma. Y la que se avecina, que la Histérica habla mucho últimamente de la 'crisis de los treinta' y que 'que le den a la crisis de los treinta, que lo bonito es cumplirlos, y no la alternativa', a saber. ¿Habrá más llanto? Sólo sé que quiere vivir muchos más años para experimentar más tristezas, alegrías, confusión y desconcierto. Está majara últimamente. Es decir, más de lo normal.

¡Y yo seré simple, pero todo cuanto espero es que los años que me quedan el Gordo siga dándome esos pedacitos de su sándwich matutino!

28 de abril de 2010

Próximamente...

Pues vaya. Resulta que la Fefa va a ser madre. No le veo yo el punto a eso, ¿eh? Pequeños perritos atosigándote todo el día, lloriqueando, mordisqueando tu cuerpo por donde puedan... Pobre, pobre Fefa. Menos mal que a estos dos ni se les pasa por la cabeza. Ni con los cachorros perrunos ni con los humanoides. Con lo bien que estamos así, los tres... Argh, si ya me daba cosa ir a ver a la Fefa, ahora tengo más razones (3 más, se rumorea) para no ir. Aunque mucho me temo que la Histérica querrá ver esas cosas. No le bastaba a tía Raquel con pincharme en la consulta, no...

3 de enero de 2010

¿Dulce Navidad? ¡Amarga locura!

Salir a pasear estos días es una auténtica odisea, un infierno por lo que yo llamo LA FIEBRE. Prefiero quedarme metidita en la caseta y esperar a que pase esta fiebre, en la que a todo el mundo le ha dado por salir a la calle, por meterse en tiendas, por caminar y correr con esa horrible musiquilla repetida de fondo. Afortunadamente el Gordo y la Histérica huyen de este jaleo también, y hoy hemos ido de chuletada al monte. ¿Y qué ha sido lo mejor? Pues que toda, TODA la zona recreativa era para nosotros. No había ni un alma. Se ve que la gente prefiere gastar y comprar en esos sitios llenos de cosas inútiles y poco prácticas por las que hay que pagar. Qué follones se traen estos humanos. Y mientras, yo tan tranquila, comiendo salchichas y chuletas y persiguiendo piedras.

Creo que queda poco para que termine la fiebre, pues hay un montoncito de paquetes en un rincón de la casa. Recuerdo que en años anteriores esa montañita era previa a volver a la rutina. Quedarán un par de días a lo sumo. Qué ganas de volver a mis paseos matutinos por la calles despejadas. Qué ganas de tener a estos dos tranquilitos por casa, sin musiquillas ni lucecitas..., ¡pero que no se acaben los polvorones!

20 de noviembre de 2009

Buff...

Buff, el frío y la humedad ya se dejan notar. Espero que a la Histérica no le dé por cortarme el pelo hasta la primavera... El Gordo es más razonable con eso, pero a ella le parece que estoy más suave y 'estéticamente aceptable' con el pelo corto, aparte de que no voy dejando tanto pelamen por la casa. Encima me ha venido esa cosa del celo. Jejje, me encanta hacerlos sufrir... Tengo una técnica que no falla; cuando paso delante de un chucho, me detengo, él percibe mi estado, se vuelve loco y viene hacia mí, y entonces me largo, ¡juajja! Qué risa, pobres machos...

Ummm... Otra novedad es que han puesto un arbolito chiquitito en la esquina. Fui contenta a olisquearlo, pero puaj, es de plástico. ¡A ver si este fin de semana tocan árboles de verdad! Che, pero con el Gordo, que la Histérica se siente culpable y dice que tiene que estudiar. A ver si el Gordo me lleva al monte, a ver si tengo esa suerte... Gordo, si lees esto, ¡¡anda, llévame al campo!!

14 de octubre de 2009

Cambios

Ya no puedo saltar desde la cama al sofá, porque no llego. Y mi caseta está lejos de la cama, pero eso no importa, porque siempre acabo subiéndome para dormir con ellos. Esta gente ha modificado la casa; ahora las paredes son verdes y me recuerdan al monte, por eso los primeros días lloraba y gemía, porque no veía los árboles. Ellos pensaron que me deprimían los cambios. Nada, se ve que estaremos en esta casa mucho tiempo y han pensado que sería mejor hacerla algo acogedora. Que la verdad, ya era hora, que las paredes daban pena de la humedad que rezumaban. Otra diferencia es que ahora el Gordo duerme en el lado derecho de la cama, porque la Histérica dice que ahora le gusta más el lado izquierdo, pues está más resguardadito. Pobre Gordo, cómo le manipulan.

A mí me da igual cómo estén puestos los muebles. Lo mismo da si las paredes son verdes o blancas con manchurrones negros. Lo mismo da. Siempre que vuelven a casa me buscan y me hacen arrumacos, y cada mañana me toca un pedacito del sandwich del Gordo. Y todos los fines de semana nos vamos a caminar al campo, o a chapotear a la playa. Mientras esas cosas, las importantes, no cambien, lo mismo me dan los colores.

31 de agosto de 2009

Abandonada

Me abandonaron, señores. El Gordo y la Histérica me dejaron aquí, en este pequeño paraíso que es El Hoyo, con esta amable gente, y se largaron. Pensaron que al estar en el campo, con espacio para correr y rincones que inspeccionar, no me daría cuenta de su ausencia. Error. Los Otros me llevaron a la ciudad unos días, y allí estuve encerrada en un piso. Sola, sin terraza, ni un fisco de aire libre. Y sin ellos. Me puse enferma. No tenía ganas de nada, ni de comer. Así me pasé los días, echada en la cama, desganada, triste e inapetente. Hasta que me trajeron de nuevo a La Gomera, donde ya pude entretenerme un rato de nuevo persiguiendo gatos y olisqueando la tierra. Hablé con la Histérica por teléfono un par de veces y me dijo que faltaba poco para vernos. Y así fue. A los pocos días aparecieron los dos. Corrí hacia ellos, les pasé la lengua con fuerza inusitada por la cara, las manos, por donde alcancé. Y hasta ahora no me he despegado de ellos, no vayan a dejarme de nuevo.

23 de julio de 2009

Calor lagunero


Se acabó lo bueno, adiós a La Gomera. Aquí en La Laguna hace un calor infernal y no cae ni gota, no sé por qué llaman a esto 'laguna'. Ya me raparon casi al cero, salvo la cara, pero no alivia el calor. Aademás, la cabeza siempre me la dejan peluda, con bigotes y barba y todo. Encima esta tarde toca paseo largo, que ahora a la Histérica le ha dado por sacarme mañana y tarde una hora como mínimo. Normalmente temprano y al atardecer, cuando el sol ya no agobia tanto, pero creo que hoy va a adelantarse un poco, buff... Además, hoy va a ser un tanto estresante el paseíto, pues tengo entendido que vienen unos reyes a inaugurar no sé qué. No creo que sean los Reyes Magos, porque la Histérica se alegra cuando vienen esos reyes, y de los que vienen no ha dicho nada bueno... Tendremos que buscar una ruta alternativa, porque las calles peatonales, por lo visto, están reservadas para esos señores. No entiendo nada.

En fin, voy a echarme un poco para tener fuerzas. ¡Y a ver si este par se decide pronto, que quiero saber qué haremos en vacaciones!

5 de julio de 2009

¡En mi salsa!

¡Al fin! Al fin me encuentro en este pequeño paraíso que es La Gomera. Y no es que vea mucha isla, pero en esta casa una nunca se aburre. Hay más gatos que nunca, aunque no todos huyen cuando me ven. Además, hay un chinijo que me persigue. Es un verdadero agobio. Le gruño, pero no se da por aludido, y cuando intento morderle ¡la Histérica me lo reprocha! La verdad es que es tan minúsculo que podría arrancarle la cabecilla esa de un mordisco, quizás debería dejarlo... Total, yo también fui cachorro, y bien saben estos dos que mis buenas trastadas hice (y ellos jamás intentaron morderme, aunque alguna vez vi al Gordo con mucha, mucha hambre).



Todos los días salimos por la mañana y por la tarde a dar un paseo por el barranco. Muchas veces se apunta Miki, mi viejo amigo-pretendiente del verano pasado, y nos acompaña hasta la playa. Yo creo que todavía quiere jaleo conmigo, pero ahora no estoy en esos días... Prefiero jugar. Y por cierto, a partir de mañana podré volver a hacerlo con mi queridísima amiga Linda, a la que sólo veo en esta época del año. Mañana viene para acá. Me han dicho que ha engordado bastante, así que igual no está tan ágil como solía, pero pasaremos buenos ratos, seguro. El año pasado la noté algo tristona desde que le quitaron los cachorros, a ver si está más animada.

Bueno, les dejo, que la Histérica me llama para tirarme mangos inmaduros y que vaya a por ellos.

¡Salud!

3 de abril de 2009

Me paso el día TEMBLANDO

Estamos ya en primavera. De hecho, la primavera llegó el mismo día de mi segundo cumpleaños. Podía haberme regalado el sol, aunque sea unos rayitos, porque llevo sin verlo un tiempito, ¿eh? Que vale ya, que no puedo echarme en la terraza. Que me sacan a la fuerza de la cama cada mañana para dar el dichoso paseo matutino. Que el pis se me congela a medio camino. Al menos, mis dueños podían haberme hecho una fiestita de cumpleaños. ¿Tú la has visto? Porque yo no. Se ve que la Histérica se sentía culpable y al día siguiente me compró un par de chuches, pero para salir del paso. Ni el Gordo se enrolló, y mira que tenía fe en él. Nada, ninguna sorpresa. Ni sol, ni largos pateos... ¡Que el último fue hace casi 3 semanas! Qué asco de primavera estamos teniendo. Encima, me parece que andan liados y la próxima semana pasaré bastante tiempo sola en casa.

Haré lo que más me gusta hacer últimamente. Me meteré entre sus sábanas de franela a esperar que salga el sol. Y si veo que la cosa sigue así, no repararé en dejarles un regalito en la cama.

A dormir se ha dicho.

30 de diciembre de 2008

Estos días...

Estos días lluviosos me descolocan. La única alternativa al paseo es dormir, mientras la Histérica estudia y hace cosas con su ordenador. Pero yo necesito quemar energía, así que dentro de un rato la miraré con mis ojillos de pena, pidiéndole juego. Poco se puede hacer en esta casa. Normalmente salto de la cama al sofá, del sofá a la cama, y ella intenta atraparme. A veces ella se esconde y yo debo buscarla. Lógicamente, no hay mucho recoveco para esconderse, así que no tardo mucho en dar con ella. Pero qué caray, me muevo y es divertido.

Parece que estará diluviando todo el día. Me han puesto periódicos en el suelo por si quiero hacer pis, pero yo soy una dama, bien lo saben (aunque el otro día hice pis en el sofá, vale, pero fue debido a una mezcla de emociones repentina). Me da reparo salir a la terraza y empaparme, pero dentro de poco tendré que vaciar la vejiga. Quizás use esos periódicos...

Buff, qué aburrimiento, encerrada en casa. ¡Menos mal que el domingo hubo pateíllo! Y he oído algo sobre mañana, algo acerca del año nuevo y un amanecer en Las Cañadas... ¿Será posible? ¿Será verdad?

Habrá que esperar al año que viene...